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sábado, noviembre 18, 2006

Sacramento de la Reconciliación, de la Divina Misericordia

"Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo".
Para un católico, ¿qué palabras más reconfortantes hay en el mundo que éstas? Saber que Dios te acoge nuevamente como el hijo pródigo del Evangelio es una de las alegrías más grandes que nosotros, como católicos, podemos recibir. ¿Y quién, después de la confesión y absolución, no sale radiante de alegría y con ánimo presto a cumplir la penitencia? Personalmente, después de confesarme, siento una paz y quietud espiritual muy profundas, y una alegría inmensa de poder acercarme a Nuestro Señor Jesucristo en su Cuerpo, en la Comunión.
Mucha gente alega "¿Por qué confesarme con un hombre?", "¿Por qué debo hacer penitencia?", etc. Pero la pregunta que con más importancia hay que responder para un católico, es "¿Por qué confesarse?".

En efecto, ¿por qué confesarse?. Simplemente, porque Jesús, Dios hecho hombre, se hace presente en la vida del hombre, cargando sus penas, sus debilidades, sus sufrimientos y ejecutando la obra redentora. Al recibir la absolución, es Jesús mismo, en la persona del sacerdote (el cual, por su misma ordenación, posee la potestad de actuar in persona Christi), quien nos concede el perdón recibido por la efusión de su Sangre en el Sacrificio Cruento de la Cruz. Jesús, al haber muerto en la Cruz, nos merece la Gracia de poder ser salvos. Y es a través de los sacramentos (y en particular en la Eucaristía y, en este caso, de la Reconciliación), donde Jesús nos ofrece esta Gracia.
Cristo Jesús nos libera de nuestros pecados: primero, en la Cruz, nos libera de las cadenas de la muerte y del pecado; segundo, en el sacramento de la Reconciliación, nos libera de nuestros pecados que hayamos cometido después del Bautismo.

Personalmente, la experiencia del perdón de Dios la veo como el sendero de vida que Dios me ha dado. El saber que, siempre estando yo arrepentido, Dios me volverá a acoger en sus brazos paternales, es un consuelo en las tribulaciones de la vida, y es un indicio de cómo esa experiencia misericordiosa la debo vivir con mis hermanos. El no guardar rencor, el no quedarse con el enojo ni con la ofensa, sino que el entregar perdón y amor, es la experiencia que, por excelencia, he vivido y la que me gusta trasmitir a mis hermanos, además de la del servicio. Así, veo cómo todas estas experiencias prefiguraron (y prefiguran) lo que es mi vocación al sacerdocio. El ejercicio de los sacramentos de la Reconciliación para el perdón, y el de los demás para el servicio, me marca profundamente, y siento que Dios, por haberme hecho vivir estas experiencias, me indica mi camino hacia el futuro.