El Misterio Pascual, fuente de vida eterna
Introducción:
"Dios es Amor" (1 Jn 4, 8). Y Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo. No es que haya tres dioses, sino que la sustancia (el constituyente esencial de algo para que ese algo sea lo que es) divina es una sola, y es compartida por el Padre, por el Hijo y por el Espíritu Santo. Por ello el Padre es Dios, el Hijo es Dios y el Paráclito es Dios, pero no hay tres dioses: porque comparten la única sustanca divina, que es el Amor. Asimismo, el Padre, por ser Dios, es Señor; el Hijo, por ser Dios, es Señor; y el Espíritu, por ser Dios, es Señor. Pero como nos dice San Atanasio en el Símbolo Quicumque: "No hay tres dioses, sino un solo Dios; no hay tres Señores, sino un solo Señor; no hay tres Padres, sino un solo Padre; no hay tres Hijos ni tres Espíritus Santos, sino un solo Hijo y un solo Espíritu Santo."
Sine morte, cum vita in Christo. Estas palabras nos hablan de salvación, de vida eterna; como una "fuente de vida eterna, sus aguas, aguas que brotan inagotables" (Himno de Pentecostés). Esta fuente es Cristo, quien, con su acto redentor, nos abre el Cielo y nos deja aptos para beber de esa fuente, la verdadera fuente de Vida.
Cristo, con su muerte, "y muerte de cruz" (cfr. Flp 2, 8), transformó el sentido de ésta: de un instrumento de suplicio y de muerte, pasó a ser el instrumento de salvación y de redención, desde donde fluye la misericordia de Dios.
Sin duda, las circunstancias en las cuales se desarrolló el acto redentor son muy específicas y no son casuales: la Pascua Judía (Pesaj); la celebración del Paso de la esclavitud a la libertad, es una analogía a nuestra Pascua: pasamos de la esclavitud del pecado a la libertad de la Vida Eterna; y Jesús cumple las funciones de un Moisés: es quien nos guía y nos libera; y el momento en el que se cumplen las profecías: "at ubi venit plenitudo temporis, misit Deus Filium suum, factum ex muliere, factum sub lege (pero cuando vino la plenitud de los tiempos, Dios envió a Su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley)"(Gal 4, 4). Y Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo, sino que por su inmenso amor al mundo, le envió para redimirlo.
El Misterio Pascual es la más grande prueba, el mejor testimonio dela sustancia de Dios: el enviar a su Hijo muy amado para que muriera por nosotros.
Dios no es alguien sanguinario o sádico que quería ver a su Hijo sufriendo ensangrentado y escarnecido. Dios quería que Jesús fuera consecuente con el Mensaje del Amor que vino a proclamar. Y dar la vida por sus amigos y por la humanidad es la prueba más grande de amor: "Yo Soy el Buen Pastor, el Buen Pastor da la vida por sus ovejas" (Jn 10, 11).
El Amor de Dios fue tan fuerte, que en vez de odiarnos por matar a su Hijo, nos perdonó y derramó Su Misericordia, ya que la Cruz fue la lección máxima del Mensaje de Cristo: el dar la vida por amor. Así, Jesús fue consecuente con su mensaje y con su sustancia, tanto divina (siendo verdadero Dios) como humana (siendo verdadero hombre).
Por medio de la Pasión redentora del Hijo, el Amor de Dios fue derramado en el mundo, así como el perdón para con nosotros por los pecados cometidos desde el pecado original.
"Dios es Amor" (1 Jn 4, 8). Y Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo. No es que haya tres dioses, sino que la sustancia (el constituyente esencial de algo para que ese algo sea lo que es) divina es una sola, y es compartida por el Padre, por el Hijo y por el Espíritu Santo. Por ello el Padre es Dios, el Hijo es Dios y el Paráclito es Dios, pero no hay tres dioses: porque comparten la única sustanca divina, que es el Amor. Asimismo, el Padre, por ser Dios, es Señor; el Hijo, por ser Dios, es Señor; y el Espíritu, por ser Dios, es Señor. Pero como nos dice San Atanasio en el Símbolo Quicumque: "No hay tres dioses, sino un solo Dios; no hay tres Señores, sino un solo Señor; no hay tres Padres, sino un solo Padre; no hay tres Hijos ni tres Espíritus Santos, sino un solo Hijo y un solo Espíritu Santo."
Sine morte, cum vita in Christo. Estas palabras nos hablan de salvación, de vida eterna; como una "fuente de vida eterna, sus aguas, aguas que brotan inagotables" (Himno de Pentecostés). Esta fuente es Cristo, quien, con su acto redentor, nos abre el Cielo y nos deja aptos para beber de esa fuente, la verdadera fuente de Vida.
Cristo, con su muerte, "y muerte de cruz" (cfr. Flp 2, 8), transformó el sentido de ésta: de un instrumento de suplicio y de muerte, pasó a ser el instrumento de salvación y de redención, desde donde fluye la misericordia de Dios.
Sin duda, las circunstancias en las cuales se desarrolló el acto redentor son muy específicas y no son casuales: la Pascua Judía (Pesaj); la celebración del Paso de la esclavitud a la libertad, es una analogía a nuestra Pascua: pasamos de la esclavitud del pecado a la libertad de la Vida Eterna; y Jesús cumple las funciones de un Moisés: es quien nos guía y nos libera; y el momento en el que se cumplen las profecías: "at ubi venit plenitudo temporis, misit Deus Filium suum, factum ex muliere, factum sub lege (pero cuando vino la plenitud de los tiempos, Dios envió a Su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley)"
El Misterio Pascual es la más grande prueba, el mejor testimonio dela sustancia de Dios: el enviar a su Hijo muy amado para que muriera por nosotros.
Dios no es alguien sanguinario o sádico que quería ver a su Hijo sufriendo ensangrentado y escarnecido. Dios quería que Jesús fuera consecuente con el Mensaje del Amor que vino a proclamar. Y dar la vida por sus amigos y por la humanidad es la prueba más grande de amor: "Yo Soy el Buen Pastor, el Buen Pastor da la vida por sus ovejas" (Jn 10, 11).
El Amor de Dios fue tan fuerte, que en vez de odiarnos por matar a su Hijo, nos perdonó y derramó Su Misericordia, ya que la Cruz fue la lección máxima del Mensaje de Cristo: el dar la vida por amor. Así, Jesús fue consecuente con su mensaje y con su sustancia, tanto divina (siendo verdadero Dios) como humana (siendo verdadero hombre).
Por medio de la Pasión redentora del Hijo, el Amor de Dios fue derramado en el mundo, así como el perdón para con nosotros por los pecados cometidos desde el pecado original.

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