El Valor de la Felicidad
"¿Cuánto vale tu felicidad?", pregunta un spot publicitario de por ahí. Y esta pregunta aparece en la vida de una persona muchas veces. Siempre nos cuestionamos qué hacer para ser felices. Y pensamos encontrar la felicidad en muchas partes: comprando en los malls, viendo televisión, jugando PlayStation... en suma, entreteniéndose.
Pero la felicidad no es lo mismo que la entretención. La entretención es pasajera; en cambio, la felicidad es permanente.
La felicidad es más que eso. La felicidad no es sólo verse contento: es ver que los demás también lo son. Es decir, no es una sensación ni un sentimiento egoísta, sino que se abre a los demás. No se queda solamente en uno mismo, sino que se comparte con mis hermanos y se entrega a ellos.
En el Evangelio, Jesús nos presenta las Bienaventuranzas como modelo de felicidad. Mateo recoge ocho bienaventuranzas (Mt 5, 3-12). En cambio, Lucas recoge sólo cuatro (cfr. Lc 6, 20-26) y añade cuatro advertencias o lamentaciones. Como el predicador apostólico, P. Raniero Cantalamessa O.F.M. Cap, señala en su reflexión para el VI Domingo del Tiempo Ordinario (C), Mateo expone a los "pobres de espíritu"; en cambio, Lucas se limita a "los pobres", dando una connotación de pobreza material.
Pero, ¿qué son las Bienaventuranzas?
Jesús nos dice que "el Espíritu del Señor (está) sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor" (Lc 4, 18-19). Y Jesús precisamente habla de ellos en sus Bienaventuranzas. Nos habla de los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de la justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz, los perseguidos por causa de la justicia, y de nosotros mismos cuando nos injurien, y nos persigan y digan con mentira toda clase de mal contra nosotros por Su causa (véase Mt 5, 3-11); y a cada uno le otorga un motivo de consuelo.
Podemos ver que las personas de las Bienaventuranzas son personas en problemas con el mundo o con necesidades: pobreza, tristeza, hambruna, sed, los ofendidos, los perseguidos y los injuriados. Entonces, ¿cómo pueden ser felices ellos con tantos problemas?
Bueno, porque los Bienaventurados necesitan, y en la necesidad ven a Dios. Las Bienaventuranzas son una prefigura del Reino, no por el problema que enuncian, sino por el consuelo prometido por Jesús. Los Bienaventurados son los Felices, ya que ven a Dios como fuente de tranquilidad en medio de sus problemas. "La alegría del Hombre es la visión de Dios, así como la alegría de Dios es la salvación del Hombre" (San Ireneo).
Pero, si nos damos cuenta, entre los Bienaventurados no se nombra a "las personas solas", pero solas en el sentido de "soledad autoestablecida"; no de personas "solteras". "Soledad" en el sentido de egoísmo. Y esto es debido a que ellos no necesitan a nadie: ni a Dios, ni a los demás hombres, a nadie. Sólo se bastan con ellos. Y eso es cerrarse a la relación con otras personas quedándose en un egoísmo autoimpuesto. Tal cosa no puede ser felicidad, y por lo tanto no puede formar parte del Reino.
Las Bienaventuranzas son el anuncio de lo que recibiremos en el Reino de nuestro Padre. Así, pues, esforcémonos por ser bienaventurados, es decir: necesitemos de Dios, no nos despeguemos de Él ni le arrojemos al basurero como algo inútil, nunca. Y seamos ávidos en pedir que el Reino venga, para llegar a ser verdaderamente felices.
Pero la felicidad no es lo mismo que la entretención. La entretención es pasajera; en cambio, la felicidad es permanente.
La felicidad es más que eso. La felicidad no es sólo verse contento: es ver que los demás también lo son. Es decir, no es una sensación ni un sentimiento egoísta, sino que se abre a los demás. No se queda solamente en uno mismo, sino que se comparte con mis hermanos y se entrega a ellos.
En el Evangelio, Jesús nos presenta las Bienaventuranzas como modelo de felicidad. Mateo recoge ocho bienaventuranzas (Mt 5, 3-12). En cambio, Lucas recoge sólo cuatro (cfr. Lc 6, 20-26) y añade cuatro advertencias o lamentaciones. Como el predicador apostólico, P. Raniero Cantalamessa O.F.M. Cap, señala en su reflexión para el VI Domingo del Tiempo Ordinario (C), Mateo expone a los "pobres de espíritu"; en cambio, Lucas se limita a "los pobres", dando una connotación de pobreza material.
Pero, ¿qué son las Bienaventuranzas?
Jesús nos dice que "el Espíritu del Señor (está) sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor" (Lc 4, 18-19). Y Jesús precisamente habla de ellos en sus Bienaventuranzas. Nos habla de los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de la justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz, los perseguidos por causa de la justicia, y de nosotros mismos cuando nos injurien, y nos persigan y digan con mentira toda clase de mal contra nosotros por Su causa (véase Mt 5, 3-11); y a cada uno le otorga un motivo de consuelo.
Podemos ver que las personas de las Bienaventuranzas son personas en problemas con el mundo o con necesidades: pobreza, tristeza, hambruna, sed, los ofendidos, los perseguidos y los injuriados. Entonces, ¿cómo pueden ser felices ellos con tantos problemas?
Bueno, porque los Bienaventurados necesitan, y en la necesidad ven a Dios. Las Bienaventuranzas son una prefigura del Reino, no por el problema que enuncian, sino por el consuelo prometido por Jesús. Los Bienaventurados son los Felices, ya que ven a Dios como fuente de tranquilidad en medio de sus problemas. "La alegría del Hombre es la visión de Dios, así como la alegría de Dios es la salvación del Hombre" (San Ireneo).
Pero, si nos damos cuenta, entre los Bienaventurados no se nombra a "las personas solas", pero solas en el sentido de "soledad autoestablecida"; no de personas "solteras". "Soledad" en el sentido de egoísmo. Y esto es debido a que ellos no necesitan a nadie: ni a Dios, ni a los demás hombres, a nadie. Sólo se bastan con ellos. Y eso es cerrarse a la relación con otras personas quedándose en un egoísmo autoimpuesto. Tal cosa no puede ser felicidad, y por lo tanto no puede formar parte del Reino.
Las Bienaventuranzas son el anuncio de lo que recibiremos en el Reino de nuestro Padre. Así, pues, esforcémonos por ser bienaventurados, es decir: necesitemos de Dios, no nos despeguemos de Él ni le arrojemos al basurero como algo inútil, nunca. Y seamos ávidos en pedir que el Reino venga, para llegar a ser verdaderamente felices.

0 Comments:
Publicar un comentario
<< Home