"Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo" (Lc 6, 36)
"Pero yo os digo a los que me escucháis: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os difamen" (Lc 6, 27-28).
Estas palabras del Evangelio del VII Domingo del Tiempo Ordinario (C), nos muestran una faceta típica del mensaje de Jesús: el amor. "Amen a sus enemigos". ¿Cómo amar a quien nos odia, a quien nos tiene resentimiento?
El Evangelio de este domingo, tomado del capítulo 6 de Lucas, y que se extiende desde el versículo 27 hasta el 38, es una directriz clara del mensaje mesiánico: amar incondicionalmente. La frase que da título a este comentario se puede entender de esta manera: "Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso". Es decir, el mandato de Cristo es: Amen entrañablemente, así como vuestro Padre os ama entrañablemente. Y esto es, sin condicionamientos, ni resentimientos: gratuitamente. Así, es posible amar incluso a quien no nos ama: el Amor no espera nada a cambio, es gratuito. Y es esa gratuidad la que nos permite amar a quienes no nos aman, ya que nos entregamos gratuitamente.
"Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite el manto, no le niegues la túnica. A todo el que te pida, da, y al que tome lo tuyo, no se lo reclames. Y lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros igualmente" (Lc 6, 29-31). Esta no es una orden de pasividad ciega. Hay que aprender a ser sumisos, siempre considerando el respeto de la propia integridad: una humildad consciente y madura. Ser humilde a semejanza de Jesús, que se hizo obediente y humilde hasta la muerte, pero que supo alzar su voz y reprender a los fariseos, a los maestros de la Ley y aun a los mismos Apóstoles cuando correspondía. Es decir, como nos explica el Papa Benedicto XVI, hay que "responder al mal con el bien, rompiendo de tal forma la cadena de la injusticia" (Ángelus dominical para el VII Domingo del Tiempo Ordinario).
"Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Pues también los pecadores aman a los que les aman. Si hacéis bien a los que os lo hacen a vosotros, ¿qué mérito tenéis? ¡También los pecadores hacen otro tanto! Si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a los pecadores para recibir lo correspondiente. Más bien, amad a vuestros enemigos; haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio; y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los ingratos y los perversos" (Lc 6, 32-35). Aquí Jesús refuerza su mensaje con ejemplos. No hay mérito en amar a quienes nos aman; eso no es verdadero amor, ya que espera ser amado para amar. No hay mérito en hacer el bien a quien nos trata bien: eso no es amar gratuitamente. Y no hay mérito en hacer favores si esperamos a cambio: ¿qué sentido tiene decir, entonces, "De nada", o "No hay por qué"? Los verdaderos favores son gratuitos, ya que nos permite entregarnos completamente. En cambio, esperar de regreso nos ata a a esperar la recompensa.
Esforcémonos por vivir, amar y hacer el bien gratuitamente, ya que la verdadera recompensa la dará el Padre en el cielo.
"Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará; una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos. Porque con la medida con que midáis se os medirá" (Lc 6, 36-38). El ser compasivo es equivalente a ser misericordioso, así como Dios lo es. Es decir, amar incondicionalmente, gratuitamente. El juzgar es vernos superiores a los demás, dejando la gratuidad de lado. Perdonar es dejar de lado las iras y los rencores. Dar, pero sin esperar nada a cambio. Y Jesús nos da a conocer el premio eterno que el Padre nos dará. "Porque con la medida con que midáis se os medirá" (cfr. ibidem). Si amamos mucho, recibiremos lo mismo, mucho amor. Pero debe ser verdadero amor, porque si no, ¿qué sentido tiene?
Ser misericordiosos es vivir de acuerdo a la sustancia divina, es vivir en sintonía con Dios. Y es esta manera de vivir la que caracteriza a los santos y a las personas que son ejemplo cristiano de vida. Es esta forma de vivir la que Dios nos pide que vivamos, ya que es un anticipo del cielo, de la vida con Dios. Esforcémonos, pues, en seguir este mandato de Jesús y seremos felices, en plena sintonía con Dios.
Estas palabras del Evangelio del VII Domingo del Tiempo Ordinario (C), nos muestran una faceta típica del mensaje de Jesús: el amor. "Amen a sus enemigos". ¿Cómo amar a quien nos odia, a quien nos tiene resentimiento?
El Evangelio de este domingo, tomado del capítulo 6 de Lucas, y que se extiende desde el versículo 27 hasta el 38, es una directriz clara del mensaje mesiánico: amar incondicionalmente. La frase que da título a este comentario se puede entender de esta manera: "Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso". Es decir, el mandato de Cristo es: Amen entrañablemente, así como vuestro Padre os ama entrañablemente. Y esto es, sin condicionamientos, ni resentimientos: gratuitamente. Así, es posible amar incluso a quien no nos ama: el Amor no espera nada a cambio, es gratuito. Y es esa gratuidad la que nos permite amar a quienes no nos aman, ya que nos entregamos gratuitamente.
"Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite el manto, no le niegues la túnica. A todo el que te pida, da, y al que tome lo tuyo, no se lo reclames. Y lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros igualmente" (Lc 6, 29-31). Esta no es una orden de pasividad ciega. Hay que aprender a ser sumisos, siempre considerando el respeto de la propia integridad: una humildad consciente y madura. Ser humilde a semejanza de Jesús, que se hizo obediente y humilde hasta la muerte, pero que supo alzar su voz y reprender a los fariseos, a los maestros de la Ley y aun a los mismos Apóstoles cuando correspondía. Es decir, como nos explica el Papa Benedicto XVI, hay que "responder al mal con el bien, rompiendo de tal forma la cadena de la injusticia" (Ángelus dominical para el VII Domingo del Tiempo Ordinario).
"Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Pues también los pecadores aman a los que les aman. Si hacéis bien a los que os lo hacen a vosotros, ¿qué mérito tenéis? ¡También los pecadores hacen otro tanto! Si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a los pecadores para recibir lo correspondiente. Más bien, amad a vuestros enemigos; haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio; y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los ingratos y los perversos" (Lc 6, 32-35). Aquí Jesús refuerza su mensaje con ejemplos. No hay mérito en amar a quienes nos aman; eso no es verdadero amor, ya que espera ser amado para amar. No hay mérito en hacer el bien a quien nos trata bien: eso no es amar gratuitamente. Y no hay mérito en hacer favores si esperamos a cambio: ¿qué sentido tiene decir, entonces, "De nada", o "No hay por qué"? Los verdaderos favores son gratuitos, ya que nos permite entregarnos completamente. En cambio, esperar de regreso nos ata a a esperar la recompensa.
Esforcémonos por vivir, amar y hacer el bien gratuitamente, ya que la verdadera recompensa la dará el Padre en el cielo.
"Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará; una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos. Porque con la medida con que midáis se os medirá" (Lc 6, 36-38). El ser compasivo es equivalente a ser misericordioso, así como Dios lo es. Es decir, amar incondicionalmente, gratuitamente. El juzgar es vernos superiores a los demás, dejando la gratuidad de lado. Perdonar es dejar de lado las iras y los rencores. Dar, pero sin esperar nada a cambio. Y Jesús nos da a conocer el premio eterno que el Padre nos dará. "Porque con la medida con que midáis se os medirá" (cfr. ibidem). Si amamos mucho, recibiremos lo mismo, mucho amor. Pero debe ser verdadero amor, porque si no, ¿qué sentido tiene?
Ser misericordiosos es vivir de acuerdo a la sustancia divina, es vivir en sintonía con Dios. Y es esta manera de vivir la que caracteriza a los santos y a las personas que son ejemplo cristiano de vida. Es esta forma de vivir la que Dios nos pide que vivamos, ya que es un anticipo del cielo, de la vida con Dios. Esforcémonos, pues, en seguir este mandato de Jesús y seremos felices, en plena sintonía con Dios.

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