El Sacerdocio, configuración del alma
Ayer asisti a una ordenacion. Fue una ceremonia muy bella: sobre todo, la imposicion de las manos del obispo (el Card. Errazuriz) y la oracion consecratoria, la que posee una belleza, un sentido, una trascendencia y un mensaje inigualables, solamente superadas, en mi opinion, por las palabras de la consagracion.
El orden (tanto diaconal como presbiteral y episcopal) poseen el rango de sacramento. Y por tanto, son signos tangibles de la Gracia de Dios.
La oracion consecratoria pronunciada por el obispo, junto a la imposicion de las manos, produce efectos muy interesantes en el alma del ordenando: la ordenacion diaconal confiere funciones importantes en el ministerio de la palabra, del culto divino, del gobierno pastoral y del servicio de la caridad, tareas que los diaconos deben cumplir bajo la autoridad pastoral de su obispo. (cfr. Catecismo de la Iglesia Catolica, canon 1596); la ordenacion presbiteral configura al ordenando con Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, y hace participe del Sacerdocio Unico de Jesucristo. Por ultimo, la ordenacion episcopal otorga la plenitud del Sacerdocio; como me gusta pensar a mi, otorga "la facultad total de dejar marcas imborrables en el alma", por medio de la confirmacion y el orden. El bautismo tambien deja una marca indeleble, pero no es exclusiva del episcopado.
El sacerdote (y en este conjunto incluimos a los obispos, ya que estos no dejan de ser sacerdotes), en virtud de su ordenacion, posee la capacidad de que Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, consagre a traves de el el pan y el vino y transubstanciarlos en su Cuerpo y en su Sangre; son los unicos capaces, usando tecnicismos, de confeccionar la Eucaristia.
Ayer presencie una ordenacion presbiteral. Y en ella he presenciado la configuracion con Cristo de un hombre: una creatura identificandose (pero no igualandose) con su Creador. Es increible pensar que Jesus, Dios mismo, en su inmenso amor para con nosotros, le de la capacidad a los sacerdotes de actuar y hacer memoria-presencia de su Acto Redentor... y darnos a comer su Cuerpo y beber su Sangre...
Debemos recordar de que, como en cualquiera de los sacramentos, es Cristo quien ordena, quien configura, al ordenando, a traves del Obispo... es Cristo quien lo recibe en su sacerdocio, quien le otorga el poder de actuar en Su Nombre, quien le concede el poder de hacerlo presente en la Eucaristia...
El sacerdote es la unica persona que puede decir con toda autoridad "Hoc est Corpus meum (Esto es mi cuerpo)", "Hic est calix Sanguinis mei (Este es el caliz de mi Sangre)"; es el unico que al pronunciar las palabras de la consagracion, hace eco a traves de la historia, de hace 2000 años atras... es el unico cuyas palabras, con el sentido y la intencion correctas, poseen tanto poder y tanta autoridad como las del mismo Cristo... porque es Cristo quien actua, no el sacerdote... eso es, en mi opinion, el efecto mas bello de la ordenacion: el que Cristo se haga presente en medio de nosotros en una Eucaristia, nuevamente, como Sacerdote y Victima...
tan tangible, pero misteriosamente presente...
Pero hay que mirar con los ojos de la Fe... con palabras de Anselmo de Aosta: quaero intelligere ut credam, sed credo ut intelligam (busco entender para creer, pero creo para poder entender).
El orden (tanto diaconal como presbiteral y episcopal) poseen el rango de sacramento. Y por tanto, son signos tangibles de la Gracia de Dios.
La oracion consecratoria pronunciada por el obispo, junto a la imposicion de las manos, produce efectos muy interesantes en el alma del ordenando: la ordenacion diaconal confiere funciones importantes en el ministerio de la palabra, del culto divino, del gobierno pastoral y del servicio de la caridad, tareas que los diaconos deben cumplir bajo la autoridad pastoral de su obispo. (cfr. Catecismo de la Iglesia Catolica, canon 1596); la ordenacion presbiteral configura al ordenando con Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, y hace participe del Sacerdocio Unico de Jesucristo. Por ultimo, la ordenacion episcopal otorga la plenitud del Sacerdocio; como me gusta pensar a mi, otorga "la facultad total de dejar marcas imborrables en el alma", por medio de la confirmacion y el orden. El bautismo tambien deja una marca indeleble, pero no es exclusiva del episcopado.
El sacerdote (y en este conjunto incluimos a los obispos, ya que estos no dejan de ser sacerdotes), en virtud de su ordenacion, posee la capacidad de que Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, consagre a traves de el el pan y el vino y transubstanciarlos en su Cuerpo y en su Sangre; son los unicos capaces, usando tecnicismos, de confeccionar la Eucaristia.
Ayer presencie una ordenacion presbiteral. Y en ella he presenciado la configuracion con Cristo de un hombre: una creatura identificandose (pero no igualandose) con su Creador. Es increible pensar que Jesus, Dios mismo, en su inmenso amor para con nosotros, le de la capacidad a los sacerdotes de actuar y hacer memoria-presencia de su Acto Redentor... y darnos a comer su Cuerpo y beber su Sangre...
Debemos recordar de que, como en cualquiera de los sacramentos, es Cristo quien ordena, quien configura, al ordenando, a traves del Obispo... es Cristo quien lo recibe en su sacerdocio, quien le otorga el poder de actuar en Su Nombre, quien le concede el poder de hacerlo presente en la Eucaristia...
El sacerdote es la unica persona que puede decir con toda autoridad "Hoc est Corpus meum (Esto es mi cuerpo)", "Hic est calix Sanguinis mei (Este es el caliz de mi Sangre)"; es el unico que al pronunciar las palabras de la consagracion, hace eco a traves de la historia, de hace 2000 años atras... es el unico cuyas palabras, con el sentido y la intencion correctas, poseen tanto poder y tanta autoridad como las del mismo Cristo... porque es Cristo quien actua, no el sacerdote... eso es, en mi opinion, el efecto mas bello de la ordenacion: el que Cristo se haga presente en medio de nosotros en una Eucaristia, nuevamente, como Sacerdote y Victima...
tan tangible, pero misteriosamente presente...
Pero hay que mirar con los ojos de la Fe... con palabras de Anselmo de Aosta: quaero intelligere ut credam, sed credo ut intelligam (busco entender para creer, pero creo para poder entender).
